BOROBUDUR, SIN PALABRAS

A las 5:30 de la mañana, medio dormidos, y sin desayunar nos recogió nuestro taxista y comenzamos el viaje a Borobudur que nos llevó 45 minutos porque todavía no había demasiado tráfico, aunque a pesar de la hora que era y de que era domingo ya se veía movimiento de gente iniciando su jornada, y es que parece que en Asia nadie duerme demasiado.

A las 6:15 llegamos a Borobudur, ya impacientes por entrar, acordamos que estaríamos unas 2 horas visitando el recinto y el lugar donde nos esperaría. El precio de la entrada incluye un café o un agua, así que como no habíamos desayunado nos tomamos un café rápido para no perder más tiempo y nos dirigimos hacia Borobudur. Lo empezamos a vislumbrar, majestuoso, al final de unos jardines y nos apresuramos aún más para llegar.

Decidimos ir primero hacia el nivel superior, donde están las stupas con los Budas en su interior, aprovechando que todavía no había demasiada gente y que luego veríamos todos los relieves de los diferentes niveles.

¿Qué puedo decir de Borobudur? Es un lugar mágico, uno de esos lugares que recordarás toda tu vida y uno de esos momentos que te gustaría que nunca terminará. Mientras contemplaba uno de los Budas de tamaño natural rodeado de stupas con Budas en su interior y con la bruma del amanecer, me estremecí de emoción y dimos gracias por estar en ese lugar procurando recordarlo todo para poder guardar ese instante para siempre. Infinidad de fotos después, contemplando los Budas, y el paisaje montañoso que rodea Borobudur, fuimos bajando viendo los espectaculares relieves que adornan los diferentes niveles y los Budas colocados en nichos, cada uno con diferentes posturas de sus manos.

Con gran pena, contemplamos Borobudur en su conjunto desde abajo y nos dirigimos a la salida. Tuvimos que atravesar un interminable pasillo de puestos de recuerdos, muchos de los cuales todavía no habían abierto y, como no, picamos comprando unas pequeñas stupas y cabezas de Buda, tras el regatero correspondiente y llegamos hasta nuestro taxi, que una hora después (ya había más tráfico) nos dejó en nuestro hotel, justo 10 minutos antes de que se cerrará el desayuno, con lo cual pudimos aprovechar y desayunar en condiciones. Después de reponer fuerzas, subimos a la habitación a hacer la maleta, porque a mediodía cogíamos un avión para volar hacia Kuala Lumpur de vuelta.

Como teníamos algo de tiempo todavía, salimos a callejear un poco y, ya de vuelta, cogimos un taxi para ir hacia el aeropuerto. Nos fuimos con pena, porque lo que habíamos visto en Yogyakarta nos había encantado y habiamos descubierto un país, Indonesia, precioso, con gente amable, al que nos prometimos que un día volveríamos para conocer todas las maravillas que ofrece. Fue una visita breve, pero nos llevábamos el recuerdo de Prambanam, el Kraton, y sobre todo de un amanecer inolvidable en Borobudur.

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