DÍA 7: NARA, DONDE VIVEN LOS CIERVOS

Nuestro destino de hoy era Nara, una de las antiguas capitales de Japón, a media hora de Osaka y que hoy cuenta con un área con gran cantidad de templos donde además hay cientos de ciervos a los que puedes dar de comer sin problemas puesto que están acostumbrados al hombre ya que durante mil años han sido considerados animales sagrados a los que se alimenta y cuida.

En apenas media hora llegamos a Nara. Al salir de la estación ya te encuentras con un letrero que indica hacia donde debes dirigirte, atravesando una tranquila calle, a esa hora, que desemboca en una pequeña laguna donde comienza el recinto de Nara y donde podemos visitar la oficinaa de turismo para proveernos de un mapa del lugar.

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Nuestra primera visita fue el Kofuku-ji con su impresionante pagoda, que data del siglo VII, aunque lo que vemos ahora es una reconstrucción bastante posterior, del siglo XV.

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Como ya era de comer regresamos al pueblo y comimos en un acogedor restaurante lleno de turistas japoneses.

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A continuación fuimos paseando por el gran parque que es en realidad Nara y nos fuimos encontrando con sus habitantes, los ciervos, que se acercan a ti sin miedo y en busca de comida. Compramos unas galletas que venden en puestos para alimentarlos y casi nos las quitan de las manos. Disfrutamos con ellos un buen rato y nos sacamos un montón de fotos.

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A continuación nos dirigimos al santuario Kasuga Taisha, protector de la familia Fujiwara, la familia más poderosa de Japón en su época. Para pasar al interior del santuario hay que pagar, pero merece la pena para poder ver los edificios interiores, donde vimos que estaban ensayando un pequeño coro, pues esa noche se celebraba el festival de las linternas que se celebra tan solo dos noches al año, y en el cual se encienden los cientos de faroles de piedra y colgantes que existen por el parque y en los santuarios. Nuestra intención era quedarnos para verlo pero el tormentón que en ese momento amenazaba y después descargó nos hizo cambiar de idea.

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Como se estaba poniendo muy oscuro nos fuimos directos a ver la joya de la corona de Nara, el Todai ji, el impresionante templo construido en el siglo VII y que es el edificio más grandes del mundo construído en madera. Antes de llegar a él atravesamos la enorme puerta Nandaimon, custodiada por dos grandes estatuas, los reyes guardianes Nio, y que también atraviesan sin preocupaciones los ciervos que pululan por el lugar junto con los visitantes. Cuando tuvimos a la vista el Todai ji nos quedamos maravillados. Es uno de esos lugares a los que las fotos no hacen justicia porque impresiona por su sencillez pero también por su belleza y su tamaño, y eso que la última reconstrucción, que es la que ahora vemos, tiene tan solo las dos terceras partes del original en cuanto a tamaño.

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Había bastante gente en el recinto del Todai ji pero nos las arreglamos para sacarnos unas fotos nosotros y a unos simpáticos coreanos que también nos pidieron que les hicieramos una foto y con los que estuvimos un rato de charla tras comentarles que íbamos a visitar su país. Cuando entramos en la sala principal nos encontramos con el Daibutsuden Sala del Gran Buda, donde se puede ver una estatua de Buda de 15 metros de altura, sentado con un Bodhisattva a cada lado. Uno no puede evitar este Buda con el de Kamakura y si bien habíamos leído que mucha gente se quedaba con este nosotros preferimos el de Kamakura, quizás porque al estar al aire libro nos pareció más espectacular, aunque sobre gustos colores.

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Detrás del Buda hay grandes maquetas de los antiguos edificios que conformaban el completo y también vimos el espectáculo de la gente intentando pasar por el agujero que hay en la base de un pilar, y que tiene el mismo tamaño que la fosa nasal del buda. Se dice que quien logra pasar de un extremo al otro conseguirá la iluminación en su próxima vida. Nosotros, vistas las dificultades de la gente para pasar decidimos que en nuestra próxima vida andaríamos a oscuras.

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A todo esto la tormenta que amenazaba con descargar empezó a hacerlo y con ganas, así que, después de media hora esperando a que parara y visto que no tenía trazas de hacerlo, decidimos salir y empaparnos. ¡Que manera de llover! ( y soy gallego, no me impresiona la lluvia), cuando llegamos a la puerta Nandaimon nos refugiamos en ella, junto con otras personas y unos cuantos ciervos.

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Como estaba negrísimo y seguía lloviendo vimos que se había fastidiado el festival de las linternas, así que emprendimos el regreso a la estación porque no nos apetecía seguir empapándonos para ver algún templo más que nos quedaban un poco lejos. Media hora después llegamos a la estación chorreando por todos lados. Cogimos nuestro tren para Osaka (hay muchos y con mucha frecuencia) y de ahí al hotel, aunque con una parada técnica el un seven eleven para coger la cena y quedarnos tranquilamente en el hotel y lavar ropa aprovechando el servicio de lavadoras que había en una planta. Lo malo que no fuimos los únicos a los que se les ocurrió eso y hasta que nos tocó el turno, metimos la ropa en la lavadora y ésta terminó, nos dió casi la una de la mañana.

El plan de mañana era visitar Koyasan, aunque finalmente cambiaríamos de planes, por culpa de todo esto.

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