DIA 2: YANGON

Hoy pasábamos el día entero en Yangón, nos metimos un buen desayuno en el hotel y salimos a la ciudad. Nuestro plan era lo primero sacar los billetes de bus para Bagan y después visitar lo más importantes, así que salimos dispuestos a patear la ciudad, a pesar del calor y de la humedad que hacía.

Como el mercado Bogyoke nos cogía de camino nos metimos a verlo porque además empezó a caer un chaparrón. El mercado está totalmente montado en su planta baja para el turista y está lleno de tiendas de souvenirs y de joyas.

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Es un buen lugar para comprar recuerdos porque no los encontrarás en otros lugares de Myanmar. Nosotros nos compramos unos imanes para nuestra colección de la nevera de Yangón y Bagan. Cuando salimos ya no llovía y seguimos hacia el estadio donde nos venderían los billetes de bus. Llegamos asfixiados y sudando a mares, así que nos fuimos de cabeza a un supermercado con un estupendo aire acondicionado donde nos compramos unas botellas de agua y empezamos a rodear el estadio en busca de la agencia. Como suele pasar en estos casos, nosotros tiramos hacia la izquierda y la agencia estaba un poco hacia la derecha con lo que tuvimos que rodear todo el estadio para dar con ella. La agencia no es más que un bajo donde hay bastante gente trabajando y que vende billetes de autobús a cualquier lugar de Myanmmar. Lo importante es que sacamos nuestros billetes para Bagan con la compañía Shwe, el bus salía a las 8 de la mañana y eran unas 9 horas de trayectos. Nos explicaron que teníamos que estar a las 7:30 para el check-in y un taxista que estaba estratégicamente apostado a la entrada se ofreció a llevarnos al día siguiente. Acordamos con él el precio y que nos recogiera en el hotel. Nos dijo que teníamos que estar a las 6 de la mañana porque la estación estaba bastante lejos, así que al día siguiente tocaba un buen madrugón y una buena paliza en bus.
Como nos íbamos a pasar el día sentados, decidimos que ese día tocaba andar así que seguimos andando hacia el lago Kandawgyi al que llegamos unos 20 minutos después ya bastante asfixiados por el calor que hacía. Nos encontramos que el lago y su paseo está totalmente cerrado por una verja, con lo que teníamos que andar hacia la derecha o hacia la izquierda para encontrar uno de los pocos accesos que existen. Decidimos andar hacia la derecha porque hacia allí veíamos el Karaweik, la reproducción enorme en cemento de una barca real que había construido el gobierno y que funciona como restaurante.

Karaweik

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No teníamos intención de entrar, aunque desde lejos es una imagen bastante bonita. Diez minutos después y con el sol taladrándonos llegamos a una puerta para acceder al parque. Habíamos leído que había que pagar para entrar pero aunque había una caseta a nosotros nadie nos pidió nada y tiramos para dentro. Siguiendo con nuestra buena racha de elegir direcciones, nada más entrar vemos que ya no podemos seguir hacia la derecha porque la pasarela de madera sobre el lago por la que discurre el paseo está cortada por obras, así que tuvimos que tirar hacia la izquierda y desandar por dentro del lago lo que habíamos recorrido por fuera. El paseo es bastante bonito aunque hay que tener cuidado con algunas tablas de la pasarela que están hechas polvo.Casi media hora después llegamos a una de las principales entradas del parque, donde está el restaurante Signature, decidimos comer allí en su terraza porque ya no podíamos con nuestra alma, aunque es bastante caro para Myanmar: 27 euros por un arroz, tempura, una ensalada y cafés. Pero necesitábamos parar y descansar un poco. Ahí tuvimos el único detalle con el dinero que nos pasó en Myanmar, pagamos en Kyats y no nos aceptaron un billete porque tenía una pequeña rotura en una esquina. Les dimos otro y cuando nos trajeron la vuelta ellos nos metían un billete con un agujero, así que les dijimos que nos los cambiaran, cosa que hicieron sin problemas.
Ya un poco repuestos y aunque estábamos cerca de la Shwedagon pagoda seguimos andando para ver el Buda gigante reclinado en la Chaukhtatgyi Paya. Tardamos algo más de media hora en llegar, y aunque en Yangon puedes ir cómodamente por las aceras si lo llegamos a saber habríamos cogido un taxi, porque salió el sol y empezó a machacarnos de lo lindo. Por el camino vimos como muchos estudiantes estaban en los semáforos pidiendo donativos para ayudar a los afectados por las graves inundaciones del norte del país. Esto lo vimos por todo Yangón y también por Mandalay.
Finalmente llegamos al Buda reclinado, es espectacular aunque está prácticamente vacío y no es muy visitado. Se encuentra bajo una especie de nave que construyeron para protegerlo que quizas no es lo más adecuado para realzarlo, de todas formas nos gusto bastante. También habíamos leído que había que pagar entrada pero nadie nos pidió nada.

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A la salida y como ya eran las 4 de la tarde decidimos ir ya a la Shwedagon Pagoda para pasarnosla tarde allí y ver como anochece para poder verla totalmente iluminada. Por el camino paramos en una especie de local de comida rápida de pollo frito y nos tomamos unos sprites por 1000 kyats y disfrutamos un rato del aire acondicionado.
En 20 minutos llegamos a la entrada de la Shwedagon Pagoda, al comienzo de las escaleras que están llenas de puestos nos descalzamos (te dan unas bolsas de plástico para meter los zapatos o puedes dejarlos en taquillas).

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Pagamos 8.000 kyats cada uno y entramos al recinto de la pagoda. ¿Que decir de ella? No nos vamos a extender describiéndola porque ya lo ha hecho mucha gente, y solo podemos decir que lo que habíamos leído era cierto e incluso se queda corto. Se trata de un lugar impresionante de día y mucho más impresionante cuando anochece y comienza a iluminarse. Dimos una vuelta alrededor y nos sentamos un buen rato para admirarla y contemplar la religiosidad de los birmanos. Nos llamó la atención los pocos turistas que había, lo que permite que el lugar todavía conserve su esencia y no se haya convertido en una feria. Cuando anocheció y se iluminó se convirtió en un lugar mágico y si cabe más bonito. Hablamos con algún monje y algunos birmanos con curiosidad por saber de donde eramos.

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También entabló conversación con nosotros un policía turístico que quería practicar su inglés y que estuvo un rato hablando con nosotros. Ahí si nos dimos cuenta de que la gente le miraba mal, y que las “fuerzas de seguridad” no eran muy queridas por el pueblo. Más de 3 horas después de haber entrado salimos del recinto con gran pena y cogimos un taxi para ir al hotel que nos costó 4.000 kyats.
Al día siguiente tocaba madrugón para dejar Yangón e ir hacia Bagan, pero nos íbamos con un gran sabor de boca de la ciudad y de lo que habíamos visto. Quizás habíamos leído muchas veces que Yangón no tenía nada pero a nosotros no nos disgustó. Sí, el centro está hecho polvo y parece que se va a caer, pero el lago, sus pagodas, el Buda reclinado hacen que merezca pasar un día entero disfrutando de lo que ofrece la ciudad, que en sí no es bonita (como muchas de las ciudades indias que habíamos visitado 2 años antes) pero que tiene un gran encanto.

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